Obras innecesarias y corrupción municipal en Venezuela

Artículo para PorVenezuela.com

Obras innecesarias y corrupción municipal en Venezuela: cuando reparar aceras se convierte en negocio político

Raymond Orta Martínez, Redacción asistida por IA

En Venezuela, muchas alcaldías presentan como “gestión urbana” la ejecución constante de pequeñas obras visibles: reparación de aceras, pintura de brocales, sustitución de baldosas, remiendos de plazas, bacheos superficiales o remodelaciones menores. En principio, ninguna de estas actividades es ilegítima. El municipio tiene competencia constitucional en materias como ordenación urbanística, ornato público, vialidad urbana, circulación de personas y espacios públicos locales. El problema aparece cuando esas obras se ejecutan sin diagnóstico técnico, sin planificación presupuestaria transparente, sin consulta ciudadana, sin control de calidad y, sobre todo, cuando se repiten varias veces sobre el mismo espacio mientras quedan desatendidos problemas más graves.

La reparación de aceras es un buen ejemplo. Una acera destruida, insegura o inaccesible debe ser reparada. Eso forma parte de una ciudad funcional. Pero si la misma acera se rompe y se rehace varias veces en pocos años, si se sustituyen materiales todavía útiles, si se inauguran trabajos cosméticos antes de elecciones o si se contratan obras menores de forma reiterada con los mismos proveedores, ya no estamos ante simple mantenimiento urbano. Estamos ante un posible patrón de administración defectuosa, despilfarro, simulación de gestión o corrupción por contratación pública.

La corrupción municipal rara vez comienza con una gran obra faraónica. Muchas veces comienza con contratos pequeños, repetidos y aparentemente inocuos. La fragmentación de trabajos menores permite ocultar montos acumulados, evitar controles rigurosos, distribuir contratos entre aliados, inflar partidas, pagar obras de baja calidad y presentar como logro público lo que en realidad puede ser una cadena de negocios privados financiados con dinero de los contribuyentes.

Desde el punto de vista jurídico, la obra pública municipal no puede evaluarse únicamente por su visibilidad. Debe evaluarse por su necesidad, prioridad, legalidad, costo, calidad, durabilidad e impacto social. La Ley de Contrataciones Públicas venezolana señala que la actividad contractual del Estado en adquisición de bienes, prestación de servicios y ejecución de obras debe preservar el patrimonio público y asegurar la transparencia de las actuaciones de los entes contratantes. Por tanto, una acera reparada sin justificación técnica o repetida sin explicación suficiente no es solo una mala decisión urbana: puede ser un indicio de manejo ineficiente o irregular de recursos públicos.

La Ley Contra la Corrupción también fija un estándar claro: la administración de bienes y recursos públicos debe orientarse a salvaguardar el patrimonio público, garantizar el manejo adecuado y transparente de los recursos, preservar la ética pública y atender principios como honestidad, transparencia, participación, eficiencia, eficacia, legalidad, rendición de cuentas y responsabilidad. Bajo ese marco, una alcaldía no puede justificar cualquier gasto con el argumento genérico de que “se está trabajando por la comunidad”. La pregunta correcta es otra: ¿era esa obra necesaria, prioritaria, técnicamente justificada y económicamente razonable?

El punto crítico está en la prioridad. En municipios donde hay fallas de drenaje, aguas servidas, basura acumulada, vialidad destruida, inseguridad peatonal, alumbrado deficiente, transporte caótico o escuelas municipales deterioradas, la reparación reiterada de aceras perfectamente transitables puede constituir una desviación de prioridades públicas. No toda mala prioridad es delito, pero sí puede revelar arbitrariedad administrativa, clientelismo, populismo presupuestario o falta de control.

La obra innecesaria tiene varias modalidades. La primera es la obra cosmética: se ejecuta para que se vea, no porque resuelva un problema estructural. La segunda es la obra repetitiva: se contrata una y otra vez sobre el mismo sector, generando facturación recurrente. La tercera es la obra electoral: se acelera antes de campañas, actos públicos o visitas oficiales. La cuarta es la obra técnicamente inútil: se ejecuta sin resolver la causa del deterioro, por ejemplo, reparar aceras sin corregir filtraciones, raíces, drenajes o mala compactación del terreno. La quinta es la obra contractual: su verdadera finalidad no es mejorar el espacio urbano, sino crear contratos, pagos, anticipos y oportunidades de comisión.

En materia de corrupción, el contrato pequeño puede ser tan dañino como el contrato grande. La diferencia está en que el pequeño genera menos alarma social. Una autopista inconclusa llama la atención; una acera rehecha tres veces pasa inadvertida. Sin embargo, cientos de microcontratos pueden representar una fuga considerable de recursos. El Banco Mundial ha advertido que los gobiernos gastan enormes sumas anuales en contratos públicos de bienes, servicios y obras, y que una parte significativa puede desperdiciarse en adquisiciones ineficientes o mal diseñadas. La lógica aplica con especial fuerza al municipio, donde el control ciudadano debería ser más directo, pero muchas veces es más débil.

En Venezuela, la opacidad en obras públicas no es un problema menor. Transparencia Venezuela ha documentado un universo de obras inconclusas y abandonadas, incluyendo 246 obras contabilizadas en su seguimiento, con un monto total aproximado muy elevado y múltiples entes responsables. Aunque esas investigaciones se refieren principalmente a grandes proyectos, el fenómeno revela una cultura administrativa peligrosa: anunciar, contratar, ejecutar parcialmente, abandonar, repetir y no rendir cuentas. Esa misma lógica puede reproducirse a escala municipal en obras menores.

La reparación múltiple de aceras puede funcionar como mecanismo de corrupción por varias vías. La primera es el sobreprecio de materiales: cemento, arena, losas, baldosas, pintura, cabillas, herramientas y transporte pueden presupuestarse por encima del valor real. La segunda es la cubicación inflada: se reportan metros cuadrados superiores a los efectivamente intervenidos. La tercera es la baja calidad deliberada: se usa material deficiente para que la obra se deteriore pronto y pueda contratarse otra reparación. La cuarta es el contrato dirigido: se invita o adjudica siempre a proveedores cercanos. La quinta es el fraccionamiento: se dividen trabajos similares en contratos menores para reducir la exposición al control. La sexta es la certificación complaciente: se declara terminada una obra defectuosa o incompleta.

El control de una obra municipal no debe limitarse a preguntar cuánto costó. También debe preguntarse quién decidió hacerla, cuál informe técnico la justificó, cómo se determinó su prioridad, qué procedimiento de contratación se utilizó, quiénes compitieron, cuál empresa ganó, quiénes son sus beneficiarios reales, cuánto duró la obra, qué garantías se exigieron, qué supervisor certificó la ejecución y cuánto tiempo permaneció en buen estado. Sin esas respuestas, la obra pública se convierte en propaganda.

La participación ciudadana es esencial. La Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal regula no solo las funciones de la Contraloría y el sistema de control fiscal, sino también la participación ciudadana en la función contralora. Esa misma ley establece que el sistema de control fiscal debe fomentar la participación ciudadana en el control sobre la gestión pública y que sus órganos comprenden, entre otros, las contralorías municipales. En consecuencia, los vecinos no son espectadores pasivos de la obra pública: tienen legitimidad cívica para preguntar, documentar, comparar, denunciar y exigir rendición de cuentas.

También debe recordarse el papel de los Consejos Locales de Planificación Pública, cuya normativa busca regular la organización y funcionamiento de estos órganos y su relación con instancias de participación en la toma de decisiones del ámbito municipal. Una alcaldía que decide unilateralmente obras no prioritarias, sin deliberación comunitaria real, debilita el principio de planificación democrática y convierte el presupuesto local en herramienta discrecional.

El ciudadano puede aplicar una prueba sencilla: si una acera es reparada, debe quedar mejor, durar razonablemente y responder a una necesidad verificable. Si se rompe otra vez en poco tiempo, alguien debe explicar si hubo mala ejecución, mala supervisión, mala selección del contratista, error técnico o causa externa. Si nadie responde, el silencio administrativo se convierte en síntoma de opacidad.

No se trata de criminalizar toda obra menor. Las ciudades requieren mantenimiento constante. Las aceras son necesarias para adultos mayores, personas con discapacidad, niños, trabajadores y peatones. Una alcaldía responsable debe reparar espacios deteriorados. Lo cuestionable no es reparar; lo cuestionable es usar la reparación como excusa para contratar sin prioridad, gastar sin control, inaugurar sin resolver y repetir sin rendir cuentas.

La prevención exige medidas concretas. Toda alcaldía debería publicar un plan anual de obras con criterios de prioridad, diagnóstico técnico, presupuesto estimado, procedimiento de contratación, contratista seleccionado, cronograma, fotografías antes-durante-después, actas de recepción, garantías y costo final. Además, debería existir un mapa público de obras municipales donde el vecino pueda verificar qué se ejecutó, cuánto costó y quién lo hizo. Sin datos abiertos, la contraloría social queda reducida a sospecha.

También debe imponerse una regla elemental: ninguna obra repetida sobre el mismo espacio debería contratarse sin informe técnico que explique por qué falló la intervención anterior. Si una acera fue reparada hace seis meses y vuelve a contratarse, la alcaldía debe justificarlo documentalmente. Si hubo mala ejecución, debe activarse garantía. Si hubo incumplimiento contractual, debe determinarse responsabilidad. Si hubo pago indebido, debe abrirse investigación administrativa, civil o penal según corresponda.

La corrupción municipal no siempre se presenta con maletines de dinero. A veces aparece con una cinta de inauguración, una cuadrilla con chalecos, una acera recién pintada y una factura inflada. El daño no está solo en el dinero gastado. Está en lo que se dejó de hacer: una escuela sin reparación, una calle sin drenaje, una comunidad sin alumbrado, un ambulatorio sin mantenimiento o un sistema de recolección de basura colapsado.

La verdadera gestión municipal no se mide por la cantidad de obras anunciadas, sino por la pertinencia, calidad y sostenibilidad de las soluciones. Una alcaldía que repara diez veces la misma acera no necesariamente trabaja más; puede estar administrando peor. Y cuando esa repetición beneficia a contratistas cercanos, carece de justificación técnica o desplaza necesidades urgentes, el problema deja de ser urbanístico y entra en el terreno de la corrupción pública.

En conclusión, las obras innecesarias o no prioritarias son una forma silenciosa de deterioro institucional. La reparación múltiple de aceras puede parecer un asunto menor, pero revela una pregunta mayor: ¿el presupuesto municipal se usa para resolver problemas reales o para alimentar circuitos de contratación política? En un país con tantas carencias acumuladas, cada bolívar público debe responder a una necesidad comprobable. Lo contrario no es gestión: es despilfarro, opacidad y posible corrupción.

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