
La apuesta que empobrece: el crecimiento de las casas de apuestas y los parlays que arruinan a las familias venezolanas
La publicidad masiva durante el Mundial, la participación de figuras como Ronaldinho y la falsa promesa del dinero fácil exigen una respuesta urgente del Estado venezolano
Por Raymond Orta Martínez
El crecimiento de las casas de apuestas deportivas en Venezuela ya no puede considerarse una simple moda vinculada al fútbol. Estamos ante la expansión acelerada de una actividad económica diseñada para captar dinero de manera continua, aprovechar los sesgos psicológicos del apostador y convertir cada partido, cada gol, cada tarjeta y cada tiro de esquina en una oportunidad comercial.
La publicidad ha dejado de limitarse a los anuncios tradicionales. Las apuestas aparecen en transmisiones deportivas, redes sociales, camisetas, programas de análisis, promociones de influenciadores y teléfonos móviles. El espectador ya no recibe únicamente información sobre el juego: es invitado, de forma reiterada, a comprometer dinero.
Durante el Mundial de Fútbol de 2026 esta presión publicitaria alcanzó niveles extraordinarios. La fiesta deportiva fue transformada en una gran vitrina para las plataformas de apuestas. Antes del partido se ofrecían cuotas; durante el encuentro se promovían apuestas en vivo, y al finalizar aparecían nuevas invitaciones para apostar en el próximo compromiso.
El problema no radica solamente en que existan personas adultas dispuestas a arriesgar voluntariamente su dinero. La verdadera preocupación surge cuando la publicidad convierte la apuesta en una conducta normal, la presenta como una forma de entretenimiento sin consecuencias y, peor aún, la insinúa como mecanismo para mejorar la situación económica.
En un país afectado por años de inflación, pérdida del poder adquisitivo, precariedad laboral y reducción del ahorro familiar, vender la ilusión del dinero rápido constituye una práctica socialmente peligrosa.
La crisis económica como caldo de cultivo
La pobreza no convierte automáticamente a una persona en apostador, pero sí puede aumentar su vulnerabilidad frente a las promesas de ganancias inmediatas.
Quien dispone de un ingreso estable puede considerar una apuesta ocasional como entretenimiento. Para quien tiene dificultades para pagar alimentos, medicamentos, alquiler o educación, la posibilidad de multiplicar una pequeña cantidad de dinero puede adquirir otro significado. La apuesta deja de verse como diversión y comienza a percibirse como una salida económica.
Allí se encuentra una de las dimensiones más preocupantes del fenómeno: las casas de apuestas no venden únicamente un juego. Comercializan esperanza.
El mensaje implícito suele ser sencillo: cualquier persona puede ganar, basta con conocer de fútbol, tener intuición o acertar una combinación. La realidad matemática es diferente. El conocimiento deportivo puede ayudar a comprender un partido, pero no elimina el azar, los errores arbitrales, las lesiones, las expulsiones, los cambios tácticos ni el margen de ganancia incorporado por la casa.
La Organización Mundial de la Salud advierte que el juego puede provocar dificultades económicas, deterioro de las relaciones familiares, violencia, problemas de salud mental, delitos patrimoniales e incluso suicidio. También estima que aproximadamente el 1,2 % de la población adulta mundial presenta un trastorno por juego y que las personas que apuestan en niveles perjudiciales generan cerca del 60 % de las pérdidas que se convierten en ingresos de la industria. Según la misma organización, por cada jugador de alto riesgo suelen resultar afectadas varias personas de su entorno familiar y social. Organización Mundial de la Salud.
No es un problema exclusivo del jugador. Cuando el dinero destinado a alimentos, servicios, vivienda o educación termina en una plataforma de apuestas, las consecuencias alcanzan a toda la familia.
La publicidad desmedida durante el Mundial
Los grandes acontecimientos deportivos producen una combinación comercial casi perfecta: audiencias masivas, emoción, identificación nacional, transmisión permanente y resultados inciertos. Las casas de apuestas conocen esa realidad y la explotan.
Durante un Mundial, la persona no recibe una invitación aislada. Está expuesta a una secuencia ininterrumpida de estímulos: bonos de bienvenida, apuestas gratuitas, cuotas mejoradas, premios especiales, promociones por tiempo limitado y combinaciones que prometen ganancias extraordinarias.
La publicidad en vivo incorpora, además, un mecanismo de urgencia. Expresiones como “apuesta ahora”, “última oportunidad” o “cuota especial por pocos minutos” reducen el tiempo disponible para reflexionar. La emoción sustituye al análisis.
Una investigación publicada en 2026, basada en el Mundial de Catar de 2022, examinó la relación entre la publicidad televisiva y el comportamiento de los apostadores. Sus resultados aumentaron la preocupación internacional ante la exposición publicitaria prevista para el Mundial de 2026. La cuestión central ya no es solamente cuánto dinero se apuesta, sino de qué manera la reiteración de mensajes comerciales puede modificar la conducta de personas vulnerables. Reseña de la investigación de la Universidad de Sheffield.
El deporte debe poder disfrutarse sin que cada jugada sea presentada como una operación financiera.
Hasta Ronaldinho: la utilización de los ídolos deportivos
La contratación de grandes figuras del fútbol no es accidental. Las casas de apuestas necesitan algo más que visibilidad: necesitan confianza, simpatía y legitimidad cultural.
En junio de 2026, medios venezolanos informaron sobre la llegada de Ronaldinho al país para participar en una producción publicitaria de Apuestas Royal. La presencia de una figura mundialmente reconocida demuestra la magnitud económica alcanzada por este mercado y la importancia que las empresas atribuyen al público venezolano. Información sobre la campaña.
Ronaldinho representa alegría, habilidad, éxito y nostalgia futbolística. Al asociar esos valores con una casa de apuestas, la publicidad transfiere parte del prestigio del deportista hacia la plataforma.
El consumidor no recibe únicamente un anuncio. Recibe una recomendación respaldada emocionalmente por alguien a quien admiró durante años.
No se trata de atribuir al deportista la responsabilidad por las decisiones individuales de cada apostador. Se trata de reconocer que la utilización de celebridades aumenta el poder persuasivo del mensaje, especialmente entre jóvenes y adolescentes.
UNICEF ha advertido que el ingreso de menores a las apuestas en línea suele producirse mediante apuestas deportivas, particularmente relacionadas con el fútbol. Entre los signos de alerta menciona cambios de ánimo, insomnio, bajo rendimiento académico, interés desproporcionado por los resultados, movimientos inexplicables de dinero y endeudamiento con familiares o amigos. UNICEF: guía sobre apuestas en línea.
Una ley puede prohibir que los menores apuesten. Sin embargo, esa prohibición resulta insuficiente si desde la infancia se les enseña, mediante publicidad constante, que apostar es una extensión natural del fútbol.
El truco está en la comisión: el vigorish
La expresión popular “la casa siempre gana” no es una exageración. Resume el modelo matemático del negocio.
Las casas de apuestas incorporan en las cuotas un margen denominado vigorish, también conocido como vig, juice, margen de la casa o comisión implícita. El apostador no suele verlo como un cargo separado, pero está incluido en las probabilidades ofrecidas.
Supongamos un evento con dos resultados igualmente probables. Una cuota matemáticamente justa sería 2,00 para cada alternativa. Esto significa que una apuesta de 100 unidades devolvería 200 si resulta ganadora.
La casa, en cambio, podría ofrecer una cuota de 1,90 para cada resultado. Al convertir esas cuotas en probabilidades implícitas, cada una representa aproximadamente un 52,63 %. La suma asciende a 105,26 %, aunque un acontecimiento completo solo puede representar el 100 %.
Ese 5,26 % adicional constituye el margen incorporado por el operador.
La casa no necesita saber con certeza qué equipo ganará. Necesita estructurar las cuotas, administrar el volumen de apuestas y conservar una ventaja matemática suficiente a largo plazo.
Por eso la suerte puede favorecer temporalmente al jugador, pero la estructura favorece permanentemente al operador.
Los parlays: grandes premios, probabilidades diminutas
El parlay o apuesta combinada exige acertar simultáneamente varios resultados. Puede incluir al ganador de un partido, el número de goles, las tarjetas, los tiros de esquina y el desempeño de determinados jugadores.
Su atractivo es evidente: con una cantidad relativamente pequeña se anuncia una ganancia potencial elevada. Lo que suele ocultarse es que cada selección adicional reduce la probabilidad de éxito.
Si una persona combina cinco pronósticos y cada uno tuviera una probabilidad real del 50 %, la posibilidad de acertarlos todos sería:
0,5 × 0,5 × 0,5 × 0,5 × 0,5 = 0,03125
Esto equivale apenas a un 3,125 % de probabilidad de éxito, incluso antes de considerar el margen de la casa.
Con ocho selecciones de igual probabilidad, la posibilidad de acertar la combinación completa sería inferior al 0,4 %.
El apostador observa el premio posible. La casa calcula la probabilidad efectiva, incorpora su margen y administra millones de operaciones. Allí está la diferencia entre la ilusión individual y el negocio estadístico.
Los parlays también generan una poderosa percepción de “casi ganar”. Si una persona acierta siete resultados y falla solamente uno, puede pensar que estuvo muy cerca del premio. Matemáticamente perdió toda la apuesta, pero psicológicamente siente que su estrategia funcionó y que solo tuvo mala suerte. Esa sensación estimula la repetición.
Apostar no es invertir
Es necesario establecer una diferencia clara entre inversión y apuesta.
Una inversión razonable puede producir activos, bienes, servicios, empleo o capacidad productiva. Aunque toda inversión implica riesgos, existe una expectativa económica vinculada con la generación de valor.
La apuesta no produce riqueza para el jugador colectivo. Redistribuye dinero entre participantes y garantiza un margen al intermediario. Cuando unos pocos exhiben sus premios, miles de pérdidas permanecen invisibles.
Las plataformas muestran ganadores porque los ganadores venden. Nadie construye una campaña publicitaria con las historias de quienes perdieron el sueldo, ocultaron deudas, pidieron dinero prestado o utilizaron los recursos familiares para intentar recuperar una apuesta anterior.
Conviene repetirlo con claridad:
La apuesta no es un salario, no es un ahorro y no es una inversión.
Quien apuesta para resolver una necesidad económica termina apostando contra su propia familia.
El problema no comienza cuando se pierde mucho, sino cuando se cree que la próxima apuesta recuperará todo lo perdido.
¿Qué establece la legislación venezolana?
La Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos contiene disposiciones relevantes que deben ser aplicadas con mayor rigor.
Su artículo 1 extiende el ámbito de la ley a los medios electrónicos. El artículo 7 prohíbe, durante el horario “todo usuario”, comprendido entre las siete de la mañana y las siete de la noche, los mensajes que inciten a los juegos de envite y azar y la publicidad de estos juegos, salvo determinadas rifas benéficas.
El artículo 9 también prohíbe la publicidad de juegos de envite y azar que denigre el trabajo como hecho social o en la que participen niños, niñas o adolescentes. La ley, además, clasifica como elementos de salud especialmente sensibles aquellos mensajes que vinculen la práctica compulsiva del juego con ventajas económicas o sociales. Texto de la Ley de Responsabilidad Social.
Venezuela también cuenta con la Ley para el Control de Casinos, Salas de Bingo y Máquinas Traganíqueles, publicada originalmente en la Gaceta Oficial N.º 36.254, del 23 de julio de 1997. Sin embargo, esa legislación fue concebida para establecimientos físicos y no responde adecuadamente a la complejidad de las plataformas digitales, las aplicaciones móviles, los operadores transnacionales, las criptomonedas, los influenciadores ni las apuestas en vivo. Asamblea Nacional.
Existe, por tanto, una combinación peligrosa: normas anteriores a la actual realidad tecnológica, fiscalización insuficiente, publicidad en redes sociales y plataformas que pueden operar desde otras jurisdicciones.
Así como se prohibió la publicidad de licores
La legislación venezolana prohíbe la publicidad de bebidas alcohólicas y productos derivados del tabaco en radio y televisión por razones de salud pública. La pregunta es inevitable: ¿por qué no establecer un régimen igualmente estricto para la publicidad de apuestas?
El fundamento es comparable. En todos estos casos existe una actividad legalmente restringida a personas adultas que puede causar dependencia, daños familiares y graves consecuencias económicas o sanitarias.
No se propone criminalizar al apostador ni desconocer su libertad personal. Se propone limitar el poder comercial de una industria que dispone de información, algoritmos, análisis de conducta y recursos publicitarios muy superiores a los del consumidor.
La libertad de empresa no incluye el derecho a explotar ilimitadamente la vulnerabilidad económica o psicológica de la población.
Una campaña nacional contraria a las apuestas compulsivas
El Estado venezolano no debería limitarse a recaudar impuestos, conceder autorizaciones o sancionar irregularidades. También debe prevenir los daños.
Venezuela necesita una campaña nacional permanente sobre los riesgos de las apuestas deportivas, diseñada con criterios de salud pública y no como una advertencia formal colocada en letras pequeñas.
Esa política debería contemplar:
- Prohibición de publicidad de apuestas durante transmisiones deportivas en horarios accesibles a niños y adolescentes.
- Restricción del uso de deportistas, artistas, influenciadores y otras figuras públicas como promotores de casas de apuestas.
- Prohibición de mensajes que presenten el juego como una fuente de ingresos, inversión o solución económica.
- Advertencias visibles sobre las probabilidades reales de pérdida y el margen matemático de la casa.
- Límites de depósito, pérdida y tiempo de conexión.
- Sistemas obligatorios de autoexclusión, aplicables a todos los operadores autorizados.
- Verificación efectiva de edad e identidad.
- Prohibición o regulación estricta de bonos de bienvenida, apuestas gratuitas y promociones que generen una falsa percepción de gratuidad.
- Programas educativos en escuelas, universidades, clubes deportivos y comunidades.
- Servicios públicos y confidenciales de orientación psicológica y financiera.
- Publicación periódica de estadísticas sobre apuestas, pérdidas, reclamaciones, autoexclusiones y sanciones.
- Fiscalización coordinada de la publicidad difundida mediante redes sociales, aplicaciones y medios electrónicos.
Decir simplemente “juega responsablemente” resulta insuficiente cuando todo el resto del anuncio está cuidadosamente diseñado para estimular el juego. La prevención debe explicar cómo funciona el negocio y cuáles son las señales de pérdida de control.
Recuperar el fútbol
El fútbol forma parte de nuestra cultura. Es encuentro familiar, identidad, emoción y memoria colectiva. No puede permitirse que su disfrute dependa de tener dinero comprometido en cada jugada.
Cuando un aficionado deja de celebrar un gol porque perjudica su apuesta, o desea una tarjeta, una lesión o un resultado contrario al de su equipo porque favorece su parlay, la relación con el deporte ha sido alterada.
La industria de las apuestas pretende que el espectador sienta que mirar un partido sin apostar significa desperdiciar una oportunidad. Esa idea debe ser combatida.
La Organización Mundial de la Salud recomienda medidas poblacionales que incluyen la eliminación de la publicidad y del patrocinio de apuestas en actividades deportivas y culturales, límites obligatorios de pérdida, pausas de juego, sistemas eficaces de autoexclusión y controles rigurosos sobre los operadores.
Venezuela debe asumir el problema antes de que sus efectos sean todavía mayores.
No se trata de impedir toda decisión individual ni de promover una persecución moral contra quien realiza una apuesta ocasional. Se trata de proteger a menores, consumidores vulnerables y familias sometidas a una presión comercial desproporcionada.
Las casas de apuestas conocen las probabilidades, administran los datos y cobran su margen en cada operación. El ciudadano aporta el dinero y soporta la pérdida.
La conclusión puede expresarse mediante la frase más conocida y, al mismo tiempo, menos comprendida de este negocio:
La casa siempre gana.
Cuando las apuestas crecen en medio de la pobreza, el desempleo y la desesperación económica, no solo gana la casa: pierde el país.
Autor: Raymond Orta Martínez
Para: PorVenezuela.com
